Depresión

Por: Luciano E. Pereira R.
Este año la Organización Mundial de la Salud (OMS) dio énfasis a la Depresión, un mal emocional que afecta a 300 millones de personas en el mundo. En Latinoamérica 50 millones de personas conviven con este mal. 
Soy cardiólogo y quizás muchos –a priori- me descalifiquen para opinar sobre el tema. Pero teniendo muchos años de experiencia en la profesión, he visto muchísimas personas en consultorio consultando por dolor de pecho opresivo y palpitaciones (entre los síntomas más frecuentes) que con la historia y el descarte de cuadros cardiológicos se colige que el problema es emocional, siendo la depresión y la ansiedad los diagnósticos más comunes.
Se me ha hecho habitual medicar a estos pacientes, y en la mayoría de los ellos con éxito.
La ciudad donde vivo no escapa al problema de muchas: a) no existen suficientes psiquiatras para atender la demanda; b) los seguros médicos no cubren atenciones psiquiátricas; c) existen aún prejuicios de parte de los pacientes para acudir a la consulta psiquiátrica (el estigma de la locura es aún muy fuerte y la gente teme ser considerada “loca”, aunque este término haya desaparecido de la jerga médica).
Para el latinoamericano en general, y para el paraguayo en particular, asumir que tiene un trastorno emocional es aún difícil. Aquello de que “los hombres no deben llorar” es todavía una rígida ley, sobre todo en el interior del país.
Las duras tareas que se realizan en el campo no deben dar lugar a ninguna blandura, parece ser la consigna. Sin embargo, nadie escapa a la posibilidad de tener en algún momento un trastorno emocional y es importante educar sobre el tema, asumiendo que como cualquier otro problema de salud se debe procurar consultar con un profesional que pueda dar orientaciones y medicar cuanto menos en atención primaria, con el criterio suficiente para remitir a alguien de mayor experiencia o un especialista cuando hubiere necesidad.
Muchas veces minimizar estos cuadros conlleva muy desagradables y a veces irreparables desenlaces.
Recuerdo una trágica anécdota que involucró a una profesional de salud. Bioquímica ella, estaba con muchos pacientes esperando extracciones sanguíneas, cuando recibe la llamada telefónica de su padre. Él ya tenía trastornos psiquiátricos cuando falleció su esposa y compañera por más de 40 años, lo que agravó su condición.
El hombre reclamaba la presencia de su hija de inmediato.
– Pero qué te pasa, papá, estoy trabajando. ¡Cuéntame qué te ocurre!, reclamó la hija.
– Tienes que venir ahora mismo porque probablemente será la última vez que me veas con vida, respondió el hombre y colgó el teléfono.
Cuando al fin la hija pudo zafarse, pidiendo disculpas a sus pacientes, condujo raudamente su automóvil trasladándose a la casa de su padre. La imagen fue trágica: el hombre se había suicidado ahorcándose.
No es infrecuente que a personas que toman pastillas u otra determinación intentando el suicidio se las tome en broma. Eso está mal, pues en algún momento el intento puede tener éxito. Idealmente se debe conducir a la persona a la consulta para recibir atención. Somos seres de carne y hueso, tenemos sentimientos y emociones, factores que conducen y motivan nuestras vidas.
Démosles la importancia debida y si no tenemos la comprensión exacta busquemos ayuda.
*Cardiologo, internista