Inolvidable Semana Santa

Creo que fue allá por 1949. Como todos los años, en aquel tiempo, pasábamos las navidades, las vacaciones y la Semana Santa en una granja que tenían nuestros padres en Costa Fleitas, Areguá. La llamamos, con el correr del tiempo, “Villa Espoleta”, no se a santo de qué. Lo cierto es que hasta compusimos una canción entre los hermanos, que hasta hoy la cantamos.


Probablemente haya sido la última Semana Santa que pasamos todos juntos, ya que después comenzaron los casamientos. Y viene a cuento tambien la historia porque dentro de unos pocos días volveremos a reunirnos los 10 hermanos Troche Galeano, 25 años después de habernos reunidos por última vez, los diez.
Costa Fleitas esta ubicada en la margen derecha del Arroyo Yukyry, límite entre Capiatá y Areguá, pero más cerca de aquella que de esta ciudad. Por tanto aquella Semana Santa que paralizaba el país de lunes a lunes.
Todo comenzaba con los preparativos, de mañana muy temprano, para viajar en dos carretas y un par de caballos el viaje de unos 5 kilometros con destino a la Iglesia de Capiatá. Papá y una de mis hermanas, experta amazona ella, Martha, iban encabezando la caravana. Salir del predio, enfilar hacia el vado del arroyo por donde cruzábamos, y “al paso cansino monótono y lento de los mansos bueyes” iban las carretas.
La llegada era “estacionar” las carretas en la plazoleta de la Iglesia, desuncir los bueyes para que pastaran y participar nosotros de la entrada de Jesús, montado en un borrico, con nuestras palmas y nuestros ramos, cantando “Pueri Hebreorum, en latín, como aprendíamos en la escuela.
Al terminar la misa, era el regreso, puro jolgorio, pura alegría, comiendo las vituallas que se habían preparado para la ocasión. El Domingo de Ramos era de fiesta completa.
El otro día imperdible era el Miércoles Santo. Ocurre en nuestra casa habia el único molino de maíz en un kilometros a la redonda, y los vecinos llegaban desde la mañana y hasta la madrugada del jueves a moler su harina de maíz pagando una “máquila” que era más o menos el diez por ciento de todo lo que hacía. Con ese producto, más el queso, el “kuré ñandy” y los huevos caseros, se preparaba en abundancia chipá y sopa paraguay para “aguatar” especialmente el ayuno y la abstinencia del viernes.
El Jueves Santo nos quedábamos en casa pero el Viernes Santo volvíamos a Capiatá para el Vía crucis y la crucifixión, y tristes y dolientes regresábamos a casa. Pero eso sí: en total silencio. Estaba prohíbo hacer cualquier actividad física, estaba prohibido reírse y hasta estaba prohibido escupir. El lastimero canto de los “Estacioneros” ponía la nota de lúgubre tristeza en los corazones…
El Sábado, se guardaba el duelo y en la madruga del domingo asistíamos al “Tupasy Ñuguaiti”, que era el encuentro de la Virgen con su Hijo Resucitado, propiciado por San Juan. Era una hermosa ceremonia que seguro ha quedado grabada en la memoria de quienes alguna vez lo presenciamos. Y amaneciendo el Domingo de Pascua, todos, al levantarnos acudíamos hasta nuestros padres y pedíamos la bendición de rodillas, antes de ir todos juntos de nuevo, a la Misa de resurrección.
Esa Semana santa ya no volverá, pero nunca, nunca desaparecerá de nuestra memoria y de nuestros corazones, mientras sigamos vivos. Amén.
JOSE MARIA TROCHE